西班牙语阅读《一千零一夜》连载三十三(b)

时间:2011-10-28 09:29来源:西班牙语学习网 编辑:网络整理 点击:

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西班牙语阅读《一千零一夜》连载三十三(b)

PERO CUANDO LLEGÓ LA 742 NOCHE

Ella dijo:

Al día siguiente, al despertarse, empezaron por besarse mucho, y Aladino dijo a su madre que su aventura le había corregido para siempre de la travesura y haragane­ría, y que-en lo sucesivo buscaría trabajo como un hombre. Luego, como aun teía hambre, pidió el desayuno; y su madre le dijo: “¡Ay hijo mío! ayer por la noche te di todo lo que había en casa, y ya no tengo ni un pedazo de pan. ¡Pero ten un poco de paciencia y aguarda a que vaya a vender el poco de al­godón que hube de hilar estos últi­mos días, y te compraré algo con el importe de la venta!” Pero contestó Aladino: “Deja el algodón para otra vez, ¡oh madre! y coge hoy esta lámpara vieja que me traje del sub­terráneo, y ve a venderla al zoco de los mercaderes de cobre. ¡Y pro­bablemente sacarás, por ella algún dinero que nos permita pasar todo el día!” Y contestó la madre de Ala­dino: “¡Verdad dices, hijo mío! ¡y mañana cogeré las bolas de vidrio que trajiste también de ese lugar maldito, e iré a venderlas en el ba­rrio de los negros, que me las com­prarán a más precio que los nmerca­deres de oficio!”

La madre de Aladino cogió, pues, la lámpara para ir a venderla, pero la encontró muy sucia, y dijo a Ala­dino:. “¡Primero, hijo mío, voy a limpiar está lámpara que está sucia, a fin de dejarla reluciente y sacar por ella el mayor precio posible!” Y fue a la cocina, se echó en la mano un poco de ceniza, que mezcló con agua, y se puso a limpiar la lámpara. Pero apenas había empezado a fro­tarla, cuando surgió de pronto ante ella, sin saberse de dónde había salido, un espantoso efrit, más feo indudablemente que el del subterrá­neo, y tan enorme que tocaba el techo con la cabeza. Y se inclinó ante ella y dijo con voz ensordece­dora: “¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué, quieres? Habla. ¡Soy el servidor de la lámpara en el aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro!”

Cuando la madre de Aladino vio esta aparición, que estaba tan lejos de esperarse, como no estaba acos­tumbrada a semejantes cosas, se que­dó inmóvil de terror; y se la trabó la lengua, y se la abrió la boca; y loca de miedo y horror, no pudo soportar por más tiempo el tener a la vista una cara tan repulsiva y es­pantosa como aquella, y cayó des­mayada.

Pero Aladino, que se hallaba tam­bién en la cocina, y que estaba ya un poco acostumbrado a caras de aquella clase, después de la que ha­bían visto en la cueva, quizá más fea y monstruosa, no se asustó tanto como su madre. Y comprendió, que la causante de la aparición del efrit era aquella lámpara; y se apresuró a quitársela de las manos a su ma­dre, que seguía desmayada; y la cogió con firmeza entre los diez de­dos, y dijo al efrit: “¡Oh servidor de la lámpara! ¡tengo mucha ham­bre, y deseo que me traigas cosas excelentes en extremo para que me las coma!” Y el genni desapareció al punto, pero para volver un instante después, llevando en la cabeza una gran bandeja de plata maciza, en la cual había doce platos de oro llenos de manjares olorosos y exquisitos al paladar y a la vista, con seis panes muy calientes y blancos como la nieve y dorados par en medio, dos frascos grandes de vino añejo, claro y excelente, y en las manos un ta­burete de ébano incrustado de nácar y de plata, y dos tazas de plata. Y puso la bandeja en el taburete, colo­có con presteza lo que tenía que colocar y desapareció discretamente.

Entonces Aladino, al ver que su madre seguía desmayada, le echó en el rostro agua de rosas, y aquella frescura, complicada con las delicio­sas emanaciones de los manjares hu­meantes, no dejó de reunir los espí­ritus dispersos y de hacer volver en sí a la pobre mujer. Y Aladino se apresuró a decirle: “¡Vamos, ¡oh madre! eso no es nada! ¡Levántate y ven a comer! ¡Gracias a Alah, aquí hay con qué reponerte por com­pleto el corazón y los sentidos y con qué aplacar nuestra hambre! ¡Por favor, no dejemos enfriar estos manjares. excelentes!”

Cuando la madre de Aladino vio la bandeja de plata encima del her­moso taburete, las doce platos de oro con su contenido, los seis mara­villosos panes, los dos frascos y las dos tazas, y cuando percibió su olfato el olor sublime que exhalaban todas aquellas cosas buenas, se olvidó de las circunstancias de su desmayo, y dijo a Aladino: “¡Oh hijo mío! ¡Alah proteja la vida de nuestro sultán! ¡Sin duda ha oído hablar de nuestra pobreza y nos ha enviado esta ban­deja con uno de sus cocineros!” Pero Aladino contestó: “¡Oh madre mía! ¡no es ahora el momento oportuno para suposiciones y votos! Empece­mos por comer, y ya te contaré des­pués lo que ha ocurrido.”

Entonces la madre de Aladino fue a sentarse junto a él, abriendo unos ojos llenos de asombro y de admi­ración ante novedades tan maravi­llosas; y se pusieron ambos a comer coas gran apetito. Y experimentaron con ello tanto gusto, que se estúviron mucho rato en torno a la ban­deja, sin cansarse de probar manjares tan bien condimentados, de modo y manera que acabaron por juntar la comida de la mañana con la de la no­che. Y cuando terminaron por fin, reservaron para el día siguiente los restos de la comida. Y la madre de Aladino fue a guardar en el armario de la cocina los platos y su conte­nido, volviendo en seguida al lado de Aladino para escuchar lo que tenía él que contarle acerca de aquel generoso obsequio. Y Aladino le re­veló entonces lo que había pasado, y cómo el genni servidor de la lám­para hubo de ejecutar la orden sin vacilación.

Entonces la madre de Aladino, que había escuchado el relato de su hijo con un espanto creciente, fue presa de gran agitación y exclamo: “¡Ah hijo mío! por la leche con que nutrí tu infancia te conjuro a que arrojes lejos de ti esa lámpara mági­ca y te deshagas de ese anillo, don de los malditos efrits, pues no podré soportar por segunda vez la vista de caras tan feas y espantosas, y me moriré a consecuencia de ello sin duda. Por cierto que me parece que estos manjares que acabo de comer se me suben a la garganta y van a ahogarme. Y además, nuestro pro­feta Mahomed (¡bendito sea!) nos recomendó mucho que tuviéramos cuidado con los genni y los efrits, y no buscáramos su trato nunca!” Aladino, contestó: “¡Tus palabras, madre mía, están por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡Pero, real­mente, no puedo deshacerme de la lámpara ni del anillo! Porque el anillo me fue de suma utilidad al sal­varme de una muerte segura en la cueva, y tú misma acabas de ser testigo del servicio que nos ha pres­tado esta lámpara, la cuál es tan pre­ciosa, que el maldito maghrebín no vaciló en venir a buscarla desde tan lejos. ¡Sin embargo, madre mía, para darte gusto y por consideración a ti, voy a ocultar la lámpara, a fin de que su vista no te hiera los ojos y sea para ti motivo de temor en el porvenir!” Y contestó la madre de Aladino: “Haz lo que quieras, hijo mío. ¡Pero, por mi parte, declaro que no quiero tener que ver nada con los efrits, ni con el servidor del anillo, ni con el de la lámpara! ¡Y deseo que no me hables más de ellos, suceda lo que suceda!”

Al otro día, cuando se terminaron las excelentes provisiones, Aladino, sin querer recurrir tan pronto a la lámpara, para evitar a su madre dis­gustos, cogió uno de los platos de oro, se lo escondió en la ropa y salió con intención de venderlo en el zoco e invertir el dinero de la venta en proporcionarse las provisiones nece­sarias en la casa. Y fue a la tienda de un judío, que era más astuto que el Cheitán. Y sacó de su ropa el plato de oro y se lo entregó al judío, que lo cogió, lo examinó, lo raspó, y preguntó a Aladino con aire dis­traído: “¿Cuánto pides por esta?” Y Aladino, que en su vida había visto platos de oro y estaba lejos de saber el valor de semejantes mercaderías, contestó: “¡Por Alah, ¡oh mi señor! tú sabrás mejor que yo lo que puede valer ese plato; y yo me fío en tu tasación y en tu buena fe!” Y el ju­dío, que había visto bien que el plato era del oro más puro, se dijo: “He ahí un mozo que ignora el precio de lo que posee. ¡Vaya un excelente provecho que me proporciona hoy la bendición de Abraham!” Y abrió un cajón, disimulado en el muro de la tieda, y sacó de él una sola mo­neda de oro, que ofreció a Aladino, y, que no representaba ni la milé­simaparte del valor del plato, y le dijo: “¡Toma, hijo mío, por tu plato! ¡Por Moisés y Aarón, que nunca hu­biera ofrecido semejante suma a otro que no fueses tú; pero lo hago sólo por tenerte por cliente en lo sucesi­vo!” Y Aladino cogió a toda prisa el dinar de oro, y sin pensar siquiera en regatear, echó a correr muy con­tento. Y al ver la alegría de Aladino y su prisa por marcharse, el judío sintió mucho no haberle ofrecido una cantidad más inferior todavía, y estuvo a punto de echar a correr detrás de él para rebajar algo de la moneda de oro; pero renuncio a su proyecto al ver que no podía alcan­zarle.

En cuanto a Aladino, corrió sin pérdida de tiempo a casa del pana­dero, le compró pan, cambió el dinar de oro y volvió a su casa para dar a su madre el pan y el dinero, di­ciéndole: “¡Madre mía, ve ahora a comprar con este dinero las provi­siones necesarias, porque yo no en­tiendo de esas cosas!” Y la madre se levantó y fue al zoco a comprar todo lo que necesitaban. Y aquel día comieron y se saciaron. Y desde en­tonces, en cuanto les faltaba dinero, Aladino iba al zoco a vender un plato de oro al mismo judío, que siempre le entregaba un dinar, sin atreverse a darle menos después de haberle dado esta suma la primera vez y temeroso de que fuera a pro­poner su mercancía a otros judíos, que se aprovecharían con ello, en lugar suyo, del inmenso beneficio que suponía el tal negocio. Así es que Aladino, que continuaba ignorando el valor de lo que poseía, le vendió de tal suerte los doce platos de oro. Y entonces pensó en llevarle el ban­dejón de plata maciza; pero como le pesaba mucho, fue a buscar al judío, que se presentó en la casa, examinó la bandeja preciosa, y dijo a Aladino: “¡Esto vale dos monedas de oro!” Y Aladino, encantado, con­sintió en vendérselo, y tomó el di­nero, que no quiso darle el judío más que mediante las dos tazas de plata como propina.

De esta manera tuvieron aún para mantenerse durante unos días Ala­dino y su madre. Y Aladino continuó yendo a los zocos a hablar formal­mente con los mercaderes y las per­sonas distinguidas; porque desde su vuelta había tenido cuidado de abs­tenerse del trato de sus antiguos camaradas, los niños del barrio; y a la sazón procuraba instruirse escu­chando las conversaciones de las personas mayores; y como estaba lleno de sagacidad, en poco tiempo adquirió toda clase de nociones pre­ciosas que muy escasos jóvenes de su edad serían capaces de adquirir.

Entre tanto, de nuevo hubo de faltar dinero en la casa, y como no podía obrar de otro modo, a pesar de todo el terror que inspiraba a su madre, Aladino se vio obligado a recurrir a la lámpara mágica. Pero advertida del proyecto de Aladino, la madre se apresuró a salir de la casa, sin poder sufrir el encontrarse allí en el momento de la aparición del efrit. Y libre entonces de obrar a su antojo, Aladino cogió la lam­para con la mano, y buscó el sitio que había que tocar precisamente, y que se conocía por la impresión dejada con la ceniza en la primera limpieza; y la frotó despacio y muy suavemente. Y al punto apareció el genni, que inclinóse, y corno voz muy tenue, a causa precisamente de la suavidad del frotamiento, dijo a Ala­dino: “¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quieres? Habla. ¡Soy el servidor de la lámpara en ele aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro!” Y Aladino se apresuró a contestar: “¡Oh ser­vidor de la lámpara! ¡tengo mucha hambre, y deseo una bandeja de manjares en un todo semejante a la que me trajiste la primera vez!” Y el genni desapareció, pero para re­aparecer, en menos de un abrir y cerrar de ojos, cargado con la ban­deja consabida, que puso en el tabu­rete; y se retiró sin saberse por dónde.

Poco tiempo después volvió la madre de Aladino; y vio la bandeja con su aroma y su contenido tan encantador; y no se maravilló menos que la primera vez. Y se sentó al lado de su hijo, y probó los manjares, encontrándolos más exquisitos todavía que los de la primera han­deja. Y a pesar del terror que le inspiraba el genni servidor de la lám­para, comió con mucho apetito; y ni ella ni Aladino pudieron separarse de la bandeja hasta que se hartaron completamente; pero como aquellos manjares excitaban el apetito con­forme se iba comiendo, no se le­vantó ella hasta el anochecer, jun­tando así la comida de la mañana con la de mediodía y con la de la noche. Y Aladino hizo lo propio.

Citando se terminaron las provi­siones de la bandeja, como la vez primera....

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y -se calló discretamente.


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